Semana 7(13/04-17/04): Evaluación

 ¡Hola de nuevo a todos y todas!  

Espero que os esté yendo todo genial. Soy María y estoy realizando mi periodo de prácticas en la Asociación Ponte. En esta nueva entrada quiero compartir con vosotros un tema central en nuestra formación: la evaluación. 


Al empezar mis prácticas en la Asociación Ponte, sabía perfectamente que me adentraba en un contexto socioeducativo donde las dinámicas se alejan de lo puramente académico. Siempre he tenido claro que la evaluación va mucho más allá de los exámenes, las rúbricas o las calificaciones numéricas, sin embargo, el verdadero reto ha sido comprobar de primera mano cómo se materializa esta evaluación en el día a día. De forma que estoy descubriendo una forma de valorar el progreso que es mucho más orgánica, sutil y centrada de manera exclusiva en el proceso personal y grupal de las personas y adolescentes.


Para entender cómo funciona, es fundamental analizar los distintos momentos evaluativos

Aunque no repartamos un cuestionario el primer día, la evaluación inicial está muy presente. Las primeras sesiones con un grupo actúan como un diagnóstico vital. Nos dedicamos a observar de forma activa el clima general, detectando quiénes asumen liderazgos naturales, cómo se comunican entre ellos y quiénes tienden a aislarse. Este punto de partida es el que nos permite diseñar o adaptar las dinámicas posteriores a las realidades concretas del grupo. 

A partir de ahí, entramos de lleno en la evaluación formativa, que es verdaderamente el pilar de la intervención en la asociación. Sesión a sesión, monitorizamos las reacciones y el desarrollo de las actividades. Esto nos da mucha flexibilidad, ya que si una dinámica genera rechazo o surge un conflicto inesperado, esa evaluación continua nos da las claves para modificarlo en tiempo real. 

Finalmente, la evaluación sumativa no se traduce en un boletín de notas al acabar el taller, sino en una valoración global del ciclo para determinar el impacto real que la intervención ha tenido.

El aspecto más desafiante de todo este proceso es el uso de los instrumentos. En mi caso, el instrumento principal y casi exclusivo que he utilizado es la observación directa y participante. A simple vista puede parecer una herramienta poco estructurada, pero he comprobado que para que tenga un verdadero valor pedagógico debe estar sujeta a criterios de evaluación muy claros. En lugar de evaluar conocimientos teóricos, nuestros criterios se centran en actitudes y habilidades sociales. Evaluamos la capacidad de los participantes para mantener una comunicación asertiva, su nivel de tolerancia a la frustración, el respeto en la escucha activa y su grado de implicación en las actividades que proponemos.


Al no contar con nada estructurado como tal, el riesgo es que la información se quede en meras impresiones o recuerdos. Por eso, mi forma de aplicar este instrumento ha sido intentar sistematizar mi propia mirada profesional. De forma que siempre utilizo mi cuaderno personal tras cada sesión para anotar todo lo ocurrido y la evolución de las actitudes, transformando la simple observación en una especie de análisis.


Las consecuencias de evaluar de esta forma son muy positivas. La información recogida no sirve para clasificar, juzgar o penalizar a nadie, sino para tomar decisiones. Las consecuencias directas de nuestra evaluación son el hecho de poder reajustar la metodología, el mediar de forma temprana los conflictos y la personalización del acompañamiento educativo.


Por lo que desde mi perspectiva puedo decir que estas prácticas me están demostrando que la labor pedagógica requiere una mirada amplia y flexible. Evaluar significa saber observar, comprender el momento vital de las personas, lo que están viviendo o sintiendo ese mismo día y utilizar esa información para acompañarlas de la mejor manera posible. Es un verdadero reto y, sin duda, uno de los aprendizajes más grandes que me estoy llevando de este periodo de prácticas. 

¡Nos leemos en la entrada de la semana que viene!


Comentarios

  1. Hola María, tu entrada es muy reflexiva pues no solo describes lo que haces sino que interpretas críticamente la experiencia y la conectas con conceptos pedagógicos estudiados en la carrera. Es especialmente acertado cómo explica los tres momentos de la evaluación (inicial, formativa y sumativa) adaptados al contexto de la asociación. La evaluación inicial entendida como observación diagnóstica del grupo, la formativa como seguimiento continuo y la sumativa como valoración global del impacto muestran una comprensión flexible y contextualizada del proceso evaluador. Otro aspecto muy positivo es la importancia concedida a la observación directa y participante como instrumento central. Lejos de presentarla como algo improvisado, reconoces la necesidad de dotarla de criterios claros. La identificación de indicadores como comunicación asertiva, tolerancia a la frustración, escucha activa o implicación en actividades aporta consistencia técnica. Otro aspecto a destacar es que eres consciente que la información puede quedarse en impresiones subjetivas y la solución que aportas es un cuaderno campo.
    Nos hubiese sido muy útil que explicaras con más detalle cómo se registran las observaciones, con qué frecuencia, si existen categorías previas o algún tipo de escala de seguimiento. Al igual que la utilización de la autoevaluación de los participantes o coevaluación grupal. Esto ampliaría la perspectiva y reduciría el peso de la subjetividad.
    Un saludo y feliz semana de feria.

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